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"APRENDER A SER TODO LO QUE PODEMOS SER" por Charles y Patricia Posnett

Actualizado: 23 may 2022



Todos necesitamos perseverar para ganar el premio”.

Mediante historias y juegos, los niños y las niñas están aprendiendo valiosas lecciones continuamente. Hay ciertas reglas, ciertas ideas incorporadas de igualdad y un sentido primordial de imparcialidad implícitos en las mejores historias y en la mayoría de los juegos. A medida que los niños crecen aprenden a ser más competitivos. Son alentados a entrenar intensivamente para pruebas deportivas y exámenes. El énfasis se pone en el constante mejoramiento del rendimiento. En alguna medida esto es saludable: todos necesitamos perseverar para ganar el premio. Pero necesitamos estar seguros de cuál premio es el que queremos ganar. San Pablo dice: “¿No saben que en una carrera todos corren, pero solo uno gana el premio? Corran de tal manera que consigan el premio. Cualquiera que compite en los juegos mantiene un estricto entrenamiento. Lo hacen por una corona que no perdura, pero nosotros lo hacemos para conseguir una corona que durará para siempre”. (I Corintios 9:24-25).

El desafío específico de Dios para cada persona es llegar a ser la persona plena que él o ella es capaz de ser, desarrollando su vida en Jesucristo. Como dice John Main: “Estar plenamente vivo es experimentar la vida en el poder de Jesús, vivir nuestras vidas en unión con él. Jesús nos invita a su plenitud de vida. Pero la invitación viene con un desafío: Si alguien se pierde por amor a mí, encontrará su verdadero yo”.

Los atletas olímpicos conocen el valor del auto conocimiento y el auto control. Tienen que aprender a aceptar que habrá tanto éxitos como fracasos. La meditación es uno de los medios por los que todos podemos aprender esta lección vital. Gradualmente, la meditación nos enseña a aceptarnos a nosotros mismos de una manera saludable. Los niños que siguen esta práctica pronto se darán cuenta que sus vidas se vuelven significativas por el amor de quienes los rodean más que por sus logros. Sentándose juntos para meditar, donde no hay competencia, juzgamientos ni considerar sus antecedentes o sus necesidades especiales, se convierte en una magnífica manera de construir comunidad en el aula. Es refrescante ver a los niños vivificarse a sí mismos en respuesta a una actividad en la cual no están siendo evaluados ni medidos constantemente. Luego de la meditación están notablemente más confiados en sus relaciones con los otros, con sus familias, con Dios.

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